Autora: Ana Requena Aguilar

Font: www.eldiario.es

La periodista Nazaret Castro defiende que consumir es un acto político. Castro, que investiga sobre los impactos que tiene la producción del azúcar o del aceite de palma en su proyecto Carro de Combate, se centra ahora en el sector de la distribución. En su libro La dictadura de los supermercados. Cómo los grandes distribuidores deciden lo que consumimos (Editorial Akal), se centra en qué es lo que sucede desde en ese espacio intermedio entre la producción y el consumo. “En los últimos 40 años es la distribución junto al diseño las partes en las que se está acumulando toda la ganancia. Las grandes marcas, desde Apple a Nike o Zara, cada vez más externalizan la producción porque el negocio está en la distribución”, dice la periodista.

¿Es real esa sensación de que tenemos más opciones de compra que nunca cuando vamos a un supermercado o cuando decidimos dónde ir a comprar y el qué?

Esa es una cuestión central: en el sistema capitalista en general y en los supermercados en particular hay esa ilusión de la libertad de elección, con un montón de productos con diferentes y coloridos embalajes y muchas marcas. Si profundizas un poco resulta que la mayoría de esas marcas pertenecen a muy poquitos grupos empresariales. Solo Unilever, Nestlé o Procter and Gamble las que poseen la mayor parte de esas marcas. Y si te vas a los ingredientes que utilizan, ves también gran homogeneidad. Es el caso del aceite de palma o del azúcar. El primero está en uno de cada dos productos de supermercado. Si tomamos el caso de la carne, lo mismo: cada vez son menos las razas de cerdo, de pollo o de bovino que se manejan a nivel mundial. En el caso del aceite de palma que tanto se está debatiendo creo que el problema no es el aceite de palma en sí, sino que esté en tantísimos productos y que ni siquiera lo sepamos.

¿Es la gran distribución una de las piezas que sostiene el modelo en que vivimos?

Sí, absolutamente. No es nuevo, ya Lipovetsky plantea que las marcas nacen a la vez que los grandes almacenes. Cuando se rompe la confianza con el tendero, que era el que te aconsejaba, esa confianza te la empieza a dar la marca. Entonces se retroalimentan: para que haya marca tiene que haber un gran almacén y viceversa. Eso cobra otra dimensión en el proceso de globalización y deslocalización: ahora, la distribución tiene un papel muy importante, porque los coches que antes  se producían en EEUU por unos obreros que tenían unos derechos laborales después de un proceso de lucha se producen en países que compiten por ver quién produce más barato.

Entonces, ¿está este modelo de consumo y distribución relacionado con el aumento de la precariedad?

Yo creo que sí. La clave es la irresponsabilidad de las empresas transnacionales: como ellas no producen se desentienden de los impactos que acarrea esa producción. Cuando sucedió el derrumbe del edificio Rana Plaza en Blangladesh, Inditex o Mango, entre otras, dijeron que no podían controlar a todos sus proveedores. Lo mismo sucede con los impactos ambientales, porque las empresas externalizan allí donde la legislación es más laxa y hay menos control ambiental. Fiscalizar luego eso muy difícil porque las empresas han diluido la responsabilidad.

Justo ese suceso, el derrumbe del Rana Plaza y la muerte de miles de personas que trabajan para esas marcas parece que marcó un punto de inflexión, pero ¿ha supuesto cambios reales cómo funcionan las empresas?

Ha servido sobre todo para que muchos consumidores en el norte global se conciencien y eso presiona a las empresas. Pero creo que los cambios seguirán siendo cosméticos o transitorios hasta que no cambien otras cosas. Hasta ahora la línea que se ha seguido es que las empresas creen sus propios código éticos y si uno lo piensa bien, ¿por qué deberían ser las empresas las que marquen esos códigos y no tendrían que ser las leyes a nivel internacional las que fiscalicen y pongan límites a esos comportamientos? Las empresas sí tienen leyes que las protegen y tribunales de arbitraje pero no normas que les exijan.

¿No corremos el riesgo de idealizar al pequeño comercio? Porque la precariedad y la inestabilidad también ha llegado allí

Hay estudios que muestran que el pequeño comercio crea más empleo que los grandes supermercados. Ahora el pequeño comercio opera en un contexto más difícil y para competir con un Carrefour que abre 24 horas te tienes que autoexplotar. Cuando en el libro hablo de alternativas las planteo desde la economía social y solidaria, no volviendo al comercio tradicional, que ya probablemente sea imposible tal y como era antes, sino que inventando cosas nuevas o adaptando otras cosas que había al contexto actual, pasa por los mercados sociales, por los grupos de consumo, por monedas sociales…. Iniciativas que pueden ser minoritarias pero son herramientas para pensar otras formas de vivir. Las soluciones nunca serán soluciones si no hay cambios estructurales.

¿Qué pasa para que solo el 1% de lo que pagamos por algo llegue a quien lo produce o que paguemos el 300% más de lo que le pagó la distribuidora al productor?

Lo que pasa es una distribución del poder a nivel internacional. Cómo se distribuye y se acumula el valor es una decisión política que tiene que ver con relaciones de fuerzas que nos han llevado a esta situación.

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