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JÜRGEN HABERMAS / SOCIÓLOGO

Después de 1989, solo se hablaba del “fin de la historia” en la democracia y la economía de mercado; en la actualidad estamos experimentando la aparición de un fenómeno nuevo en la forma de un liderazgo autoritario / populista –de Putin a Donald Trump, pasando por Erdogan. Claramente, una nueva “internacional autoritaria” está logrando cada vez más definir los discursos políticos. ¿Acertó su coetáneo Ralf Dahrendorf cuando pronosticó un siglo XXI autoritario? ¿Se puede, de hecho se debe, hablar de un cambio de época?

Después de la transformación de 1989-90 cuando Fukuyama aprovechó la consigna de la “posthistoria”, acuñada originalmente por una especie de conservadurismo feroz, su reinterpretación expresó el triunfalismo miope de las élites occidentales, que se adhirieron a la creencia liberal de la prearmonía establecida de la economía de mercado y la democracia. Ambos elementos informan la dinámica de la modernización social, pero están vinculados a imperativos funcionales que chocan repetidamente. El equilibrio entre el crecimiento capitalista y la participación de la población –solamente a medias aceptada como socialmente justa– en el crecimiento de las economías altamente productivas sólo puede tener lugar en un Estado democrático digno de este nombre. Tal equilibrio, que justifica el nombre de “democracia capitalista”, era, sin embargo, dentro de una perspectiva histórica, una excepción y no la regla. Solo eso ya hacía de la idea de una consolidación global del “sueño americano” una ilusión. (Foto: Jürgen Habermas. WIKIPEDIA)

El nuevo desorden mundial, la impotencia de los EE.UU. y Europa con respecto al crecimiento de los conflictos internacionales, es profundamente inquietante, y las catástrofes humanitarias en Siria o Sudán del Sur nos conmocionan, así como los actos de terrorismo islamista. Sin embargo, no puedo reconocer en la constelación que usted indica una tendencia uniforme hacia un nuevo autoritarismo, sino, más bien, una variedad de causas estructurales y muchas coincidencias. Lo que les une es el teclado del nacionalismo, que ha comenzado también a ser utilizado en Occidente. Incluso antes de Putin y Erdogan, Rusia y Turquía no eran “democracias impolutas”. Si Occidente hubiera aplicado una política un poco más inteligente, se hubiera podido fijar el curso de las relaciones con ambos países de manera diferente – y las fuerzas liberales en sus poblaciones podrían haber sido reforzadas.
¿No estamos sobreestimando las capacidades de Occidente de manera retrospectiva?

Por supuesto, dada la gran variedad de sus intereses divergentes, no habría sido fácil para “Occidente” elegir el momento adecuado para tratar racionalmente con las aspiraciones geopolíticas de una superpotencia rusa relegada o con las expectativas europeas de un descontento gobierno turco. El caso del ególatra Trump, altamente significativo para todos en Occidente, es de un orden diferente. Con su desastrosa campaña electoral, está llevando a un punto crítico un proceso de polarización que los republicanos han estado alimentando con cálculo frío desde la década de 1990 y que están incrementado sin escrúpulos, hasta el punto de que el Grand Old Party, el partido de Abraham Lincoln, no lo olvidemos, ha perdido por completo el control de este proceso. Esta movilización de resentimiento está dando rienda suelta a las dislocaciones sociales de una superpotencia en declive político y económico.

Lo que sí veo, por lo tanto, como algo problemático, no es el modelo de una Internacional autoritaria que se plantea como hipótesis, sino la ruptura de la estabilidad política en los países occidentales en su conjunto. Cualquier valoración de la retirada de los EE.UU. de su papel como potencia mundial siempre dispuesto a intervenir para restablecer el orden tiene que tener en cuenta el fondo estructural, que afecta a Europa de una manera similar.

La globalización económica que Washington introdujo en la década de 1970 con su agenda neoliberal ha traído consigo, medido a nivel mundial en relación con China y los demás países emergentes BRIC, una disminución relativa de Occidente. Nuestras sociedades deben trabajar en cada país la conciencia de esta decadencia global junto con el crecimiento explosivo inducido por la tecnología de la complejidad de la vida cotidiana. Las reacciones nacionalistas están ganando terreno en los ambientes sociales que nunca o inadecuadamente se han beneficiado de las ganancias de la prosperidad de las grandes economías, porque el prometido siempre “efecto goteo” no se materializó durante décadas.

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