Hoy es jueves veinte de diciembre. Son las ocho de la mañana y afuera en la calle se escucha bullicio. Pese a encontrarme en Contramaestre, un municipio rural del interior de la provincia de Santiago, ni los gritos, ni las risas, ni el ruido de los carruajes tirados por caballos, ni el estruendo de los descacharrados motores disminuyen. “Cuba, rrritmo latino, unidos por la música”, proclama el locutor desde una radio encendida cerca (demasiado cerca) de mi habitación. Entro en el cuarto de baño y me miro en el espejo, haciendo un breve resumen del día de ayer. Mi rostro, reflejado en el cristal, esboza una leve sonrisa. A saber lo que me espera hoy. Llaman a la puerta de mi habitación. “¡Un momento!”, grito. Me lavo la cara. Dos veces. Luego reparo en mi barba. Lo que antes eran unas pocas canas sublevadas, ahora esto empieza a coger tintes revolucionarios. Abro la puerta. Ramiro.

Mi labor en Contramaestre es la de conocer las diferentes experiencias cooperativistas de la zona. Unas cooperativas que por lo que tengo entendido han conseguido en los últimos años, no con poco esfuerzo, articular a la comunidad guajira y mejorar así colectivamente en un manejo, una gestión y una productividad, que tan a la baja se habían encontrado desde el periodo especial cubano. Pero aunque ese es el motivo por el que vine aquí, la frase que ahora me ronda en la cabeza es la que me dijo anoche Alberto justo antes de despedirnos. “Mañana en la fiesta la gente se emborrachará y se descontrolará. Por eso las fiestas se hacen de día. Las noches son peligrosas”.

 

El miércoles diecinueve de diciembre nos veríamos en Santiago, delante del hospital general, y de allí me llevaban a Contramaestre. Así habíamos quedado. No había pasado un minuto de la hora pactada para mi recogida y ya me estaban haciendo perdidas en el móvil. Y yo corriendo avenida arriba con el mochilón a cuestas. Los cubanos cuando quieren son estrictos y puntuales. Otras veces resbalan sobre los acuerdos con la elegancia del patinaje artístico. Montados en el coche me encuentro a Orlandito, Ramiro y detrás la mujer de Orlandito, acabada de salir de la consulta del médico con una neumonía diagnosticada y unas toses terribles. Sólo a Ramiro le conocía de vista. Nos presentamos. Ramiro es el presidente de la cooperativa de producción agropecuaria (CPA) ‘Niceto Pérez’, Orlandito el coordinador de proyectos a nivel provincial y María, la esposa de Orlandito, es la esposa de Orlandito. En Contramaestre nos espera Alberto, el presidente de la cooperativa de crédito y servicios (CCS) ‘Miguel Betancourt’. Arrancamos y a los pocos segundos una nube negra y espesa procedente del camión de delante, entra de lleno por las cuatro ventanillas bajadas del coche. Dejo de escuchar las toses de la mujer. Yo no la miro por miedo a encontrármela muerta a mi lado. Ramiro usa los pitos más que los frenos. Dos pitos a los coche que vaya a adelantar y tres para las motos que se le atrevan a acercársele a su órbita. Una ráfaga de pitos a cualquier mujer que se le cruza. “Estoy enfermo de la flaquitas, mamiiiita, así como van de encofradas, mira Orlandito, mira”, y Orlandito estira el cuello hacia donde Ramiro señala. Su mujer tose de nuevo.

 

Llegamos a las afueras de Contramaestre. Hoy no me tocaba morir. Lo de las autopistas en Cuba daría para una saga. Junto con Alberto ha salido todo su equipo a darme la bienvenida. Quedo realmente emocionado por el calor de su recibimiento. Desde ese momento la frase que más escucharé es “yo me encargo, despreocúpate”. Y desde ese momento también paso a llamarme Gabi. No será hasta pasada una hora que les advierto de que si continúan llamándome así me cambiarán el nombre.
– No soy Gabi, soy Xavi.
– Ok Gabi.
Me sirven el primer trago de ron. Pronto percibo que hoy no es un día corriente. En un pequeño prado situado un poco más abajo de las instalaciones de la cooperativa, junto a un riachuelo, hay un remolque agrícola decorado a fin de ser utilizado como escenario. Lo han tapizado con una lona azul y rodeado de macetas con plantas de flores grandes y vistosas. En su centro, a modo de altar, han colgado un cartón reutilizado con un Papá Noel dibujado. Es la carroza más humilde jamás lograda. Otro trago de ron. Me estoy enterneciendo. Alberto me informa de que he llegado en la víspera de la fiesta de la navidad. “Ahora íbamos a hacer el ensayo general”. Mientras me cuenta a groso modo la historia de su cooperativa veo a todo el personal acercándose a la carroza y ajustando un precario equipo de altavoces. Me voy quedando rezagado en esta carrera etílica. Empieza el ensayo. Playback de una canción de Palito Ortega: “Ding, dong, ding, dong…” ¿Beberá Alberto siempre de esta manera? “No, gracias”, rechazo esta vez el vaso. La herencia genética española de Alberto y Ramiro salta a la vista. Podrían pasar perfectamente por dos agricultores de la huerta valenciana, sobretodo Alberto, con su cara redonda, su barriga prominente y unos inexistentes glúteos. En cambio la de Orlandito no es tan evidente, tiene un tono de piel más oscuro y nariz achatada. Los tres deben estar acercándose a los sesenta años. “He ayudado a levantar esto. Nada me pertenece. Me moriré y todo continuará aquí”, me cuenta Alberto, con la voz algo lastrada por el medio litro de ron que galopa por sus venas. “La cooperativa es de su gente, del pueblo. Nosotros tenemos bien poco y tampoco aspiramos a más. Qué mejor manera de vivir que hacerlo para el bien común”, añade Ramiro. Continúan hablándome de la causa revolucionaria, del sentido del apoyo mutuo. “Lo importante no es matar al hombre, lo importante es salvar al hombre”. Inconscientemente hago el ejercicio de poner todas estas palabras en boca de un agricultor idéntico a ellos pero valenciano, y entonces recuerdo de golpe el motivo por el que he venido desde tan lejos. El ensayo general ha devenido en todo el mundo bailando, arriba y abajo de la carroza. Prácticamente me arrastran al escenario y me hacen bailar salsa y candombe. Celebro que no estén poniendo nada de regetón (omnipresente en la isla) y me entrego a la causa. Venga va, otro traguito de ron.

 

 

De camino al pueblo paramos a cenar en un pequeño restaurante con un patio aledaño que le sirve de terraza. Alberto se ha cubierto de gloria, completamente borracho. Saco la cartera para ver de lo que dispongo. Una mano me coge del brazo: “Yo me encargo, despreocúpate”. Nos traen a la mesa comida para un regimiento. Faltan el doble de comensales para acabarse todo esto. Triple ración de yuca hervida, de pollo, de macho (cerdo) asado, de ensalada, de plátano macho frito y de congrí (arroz con frijoles). “Oye, Gabi, ¿y por qué tú siendo de allá decides dedicarte a esto?” Ramiro me mira, sus ojos clavados en mí reflejan una duda sincera. Me nace de dentro una idea, palabras efervescentes. Yo las siento subir pero no las reprimo. “El mundo es un gran guión escrito por los de siempre. A los de abajo sólo nos queda recibir las órdenes y esperar a que nos racionen el tiempo libre. Preferí vivir sometido a las exigencias del clima y de la tierra, costara lo que costara. Decidí ser esclavo de la libertad”. “Has hablado, viejo”, dice Alberto. Le miro y la imagen que descubro se me queda grabada a fuego. Con un muslo de pollo agrarrado con toda la palma de su mano, sucumbido al ansia canina de la borrachera, todo en él es grasa y virutas de carne, por los brazos y por gran parte de su cara, por toda la camiseta y hasta por los pantalones. “No pidas una servilleta y vete a la ducha”, le digo con una confianza autoproclamada, y los tres rompemos en carcajadas, desbaratando la tranquilidad de una terraza casi vacía, bajo una calurosa noche de invierno en los confines del mundo.

 

“Cuba, rrritmo latino, unidos por la música”, con la puerta abierta la cuña radiofónica penetra desnuda en mi habitación. Ramiro parado en la puerta me mira con ojos encanallados. “¿Preparado valenciano?”. “Preparado”, le respondo, sin demasiada convicción. Y yo le miro queriendo decir: “mi labor en Contramaestre era la de conocer las diferentes experiencias cooperativistas de la zona”. Pero tan solo me sale: “¿llevamos idea de desayunar?”.