Y el tiempo se detuvo. Dejó de avanzar hace sesenta años. En ocasiones me parece estar viendo en sus habitantes a los contemporáneos de mis antepasados. Es la larga penitencia de esta isla. La condena de vivir una y otra vez el mismo año.

Hoy he dedicado la jornada a La Habana Vieja. Después de mis primeros cuatro días en la isla visitando fincas agroecológicas, ahora me toca ser turista full equip, de los de cámara en mano, crema solar y sandalias. Al salir del museo de la revolución, con las piernas algo cargadas, decido sentarme en la escalinata de su entrada. Observo fijamente la imponente estatua de bronce que preside la plaza aledaña.

Más adelante hay otra aún más imponente, ya en primera linea de océano, con su caballo empinado recibiendo la embestida del salitre. Son tantas las estatuas repartidas en las calles,

en las plazas y avenidas, y hasta fundidas en las barras de los bares emblemáticos, que todas ellas llegan a conformar un pueblo inmóvil dentro de este pueblo inmóvil. ‘Mi generación al menos creía en algo, íbamos todos a una, hoy en día los jóvenes ya no entienden nada’, recuerdo que me explicaba Enrique en su finca de compostaje orgánico, sacando su mano de un montón de estiércol fresco, a fin de mostrarme las laboriosas y escurridizas lombrices rojas.

La gente pasa a mi lado entrando y saliendo del museo. Yo miro a mi alrededor, hasta donde alcanza mi vista. Tubos de escape humeantes, balcones a punto de desprenderse y grietas como fallas geológicas, que atraviesan en vertical y horizontal de extremo a extremo la ciudad. Decrépita, sucia pero majestuosa es la ciudad de la Habana. Decrépita, sucia pero majestuosa es la palabra ‘comunismo’.

Mi mirada se detiene en la hilera de automóviles de época, ‘almendrones’, así les llaman a estos taxis, que aparcados en la puerta del museo esperan la salida de los turistas. En esta ciudad hay tanto y tan viejo. Automóviles, arquitectura colonial, infraestructura, red ferroviaria, innumerables obras de arte y un largo etcétera. Es sorprendente el inmenso legado material que recibió la revolución de su Cuba predecesora. Legado con el que se han ido bastando prácticamente aislados durante todo este tiempo. ‘Estamos rodeados y no por agua’, y viene Aurelia a mi memoria, con su sonrisa aérea y tropical clarividencia, montados ambos en aquel destartalado jeep camino a la finca de la China.

Me pregunto cuál es mi legado. ¿De qué estoy exactamente liberado y a qué exactamente sujeto? ¿Desde dónde miro yo a Cuba y desde dónde Cuba me mira a mi? Pienso en las lombrices rojas descubriendo horrorizadas todos los flashes del mundo. ‘La tierra nos habla y nosotros sólo la pisamos’, masculla Enrique con el puro apagado entre sus dientes, buscando algún mechero por los recovecos de mi pensamiento.

Pero no por toda la ciudad se destila esta quietud alborotada. Hay evidencias claras que no pasan desapercibidas. Lentamente, de entre el aire impregnado de hollín y el permanente olor a gasolina se van levantando, como exclusivos argumentos, los hoteles relucientes. La Habana también está llena de grúas y no para restaurar los hogares de su gente. El capitalismo penetra sigiloso, las revoluciones vitoreadas. Me levanto. ¿Qué hora será? Sigo con los horarios trastocados y creo que debería comer algo. Aún no he bajado el primer escalón cuando me aborda una misma pregunta desde cuatro voces distintas: ‘¿taxi caballero?’.